Bajo el fuego y la arena, el balbuceo.

Tras las huellas de unos recuerdos tempranos, los más persistentes transcurren en una sala de cine.

Bajo el fuego y la arena, el balbuceo. The guns of Navarone. Y más tarde, Sunna no Ona —Una Mujer en la Arena.

De la primera, sólo recuerdo primeros planos de unas balas enormes. La película es hito sólo por tratarse de la primera que tengo conciencia de haber visto. Mi madre lo corrobora. Tenía 3 años. Desde pequeña —y en un barrio donde las calificaciones no eran rigurosas y la presencia de una niña que presumiblemente no comprendería tampoco representaba una rareza como compañía de una madre trabajadora—, accedí a la sala oscura.

La segunda, a los 7 años, es enigma, porque mi madre no la recuerda y yo sí, aunque no en su totalidad. Persisten aromas, la imagen del afiche, tres o cuatro escenas (un cuerpo iridiscente, la sombrilla, máscaras y linternas, arena como agua). Y la música de Toru Takemitsu.

Recuperé este recuerdo con algo más de color el año en que murió Teshigahara, su director y yo me enteré de su desaparición por azar. Fue entonces que leí la novela de Kobo Abé en que se inspira la película. No obstante ya tenía afición por los insectos y otras huellas de Takemitsu.

Detesto la ideología occidental que practica el "japonismo" con fascinación acrítica. Japonismo como aquello que nos parece exótico y en lugar de dejar en su extrañeza se intenta asimilar a códigos occidentales. La comprensión no es lo mejor que nos ha sucedido como cultura. Porque quien comprende, cerca. Y se identifica, aunque sea por vía negativa.




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