Silencio sin prestigio

29.2.16

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No sé cómo recomendar esta película (y otras) sin que el paso de quien me lee sea interceptado por un estereotipo. Hay mucha literatura sobre el silencio. Los místicos, a los que se les supone una amplia experiencia sobre el tema, no dejan de hablar de ello, ni de poetizarlo, transmitirlo y sumar símbolos a la extensísima cadena.

Hay, además, un rastro equívoco que el silencio traza cuando se lo tematiza: su presunta exterioridad, su afuera. El afuera que debe carecer de ruido/sonido (o reducirlo) para que el silencio se realice. Una imposibilidad. No era necesario esperar las demostraciones de John Cage en la cámara anecoica para darse cuenta de que el mundo era una partitura inevitable y, a veces, una superposición inconexa de ruidos en los que la presunta armonía sólo es producto de la saludable incapacidad humana de escuchar todo en el mismo plano. Si sólo hay silencio donde no hay atmósfera y donde no hay atmósfera no hay vida tal como la conocemos, también escuchar todo y en el mismo plano es la horrible capacidad de los ángeles de Wim Wenders. Algunos prefieren perder su condición ángélica y su oído omnipresente para humanizarse.

Esta película no es sobre el silencio exterior ni el interior, ese que tiene tanto prestigio. El Gran Silencio está repleto de pequeños sonidos: el que hace un carro que reparte la comida al deslizarse por el claustro, el que hace la tela cuando se la corta sobre la mesa, el que hacen los gatos cuando un monje los llama, el del agua de la cocina o la rasuradora de la barbería, la leña, el cencerro de las vacas, la nieve, el canto, la campana. Tampoco es una película religiosa. El Gran Silencio es otra cosa que no es la gran mordaza.

Su director, Philip Gröning, quien se declara ateo, quiso filmar un documental del día a día de La Grande Chartreusse, el primer monasterio cartujo fundado por San Bruno en el año 1084 en Isère (Francia), a pocos kilómetros de Grenoble. Cuando hizo la propuesta le respondieron que aún no estaban preparados. Dieciséis años después le anunciaron que ya era el momento. La filmación requirió cumplir ciertas condiciones: sin luz artificial, sin edición de sonido o música, apenas con un asistente de cámara, sin entrevistas. Un must de la teología negativa (si acaso hubiera teología en el film. Afortunadamente, tampoco la hay)

Se estrenó en 2005.

Trailer

































































Patricia L. Boero

El cine que se escucha / I

11.11.14

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Algún día tendré que escribir un artículo sobre cine. Uno donde pueda agradecerle el haber ejercido, entre otras, la función de maestro de música.

Muchos de mis discos atesorables llegaron porque el cine los puso delante de mí.

Gracias, Werner Herzog, por tu "Nosferatu" de 1979 y por la música tradicional folklórica georgiana.

Tsintskaro por Ensamble Gordela

Tsintskaro, por Hamlet Gonashvili y el Coro Rustavi

Tishe!

13.8.14

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Tishe!, el extraordinario documental de Kossakovsky se abre con una de sus fuentes motivadoras: la primera toma fotográfica realizada por Niepce desde el puesto de observación de una ventana. Por detrás pulsa el relato de Hoffman "La ventana esquinera de mi primo" como segunda excusa inspiradora. Hasta aquí llegan las filiaciones. Porque si Hoffman es maestro en introducir lo extraño en lo familiar, Kossakovsky lo es en el arte de convocar lo maravilloso en lo cotidiano.

No hay renuncia al humor ni a la poesía ni a la rítmica silenciosa de las modulaciones estacionales que le confieren a los recortes una temporalidad cercana a la que rige la escritura de un haiku. También están presentes los maestros: el Sokurov de "Voces espirituales". Y Tarkovsky.


Debo agradecer a Nina Blok la llave para acceder, hace unos años, al mandala de Kossakovsky: Tishe!


Patricia L. Boero

Aquí hay más silencio que allá afuera

13.8.14

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No recuerdo cuántos años han transcurrido desde la última vez que publiqué algo aquí.

Facebook se llevó los lauros en materia de repentismos escritos visibles para una lista de seleccionados interlocutores. Ignoro si ver y ser visto (y saberlo) es una estrategia comunicativa que implica algo más que mostrarse las canicas entre amigos imaginando un juego posible.

Aquí, en cambio, hay mucho espacio blanco. Aquí parece crecer la gran nevada. La que borra la visión de quien posiblemente venga en tu auxilio a afirmarte que te lee.

Aquí se está lo suficientemente solo como para no transformarse en un respondedor profesional.

Este paisaje, que se parece al que dio inicio a mi escritura, me tienta con su necesario e inmaculado vacío.

Patricia L. Boero

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