Francisco

Cuando se filmó esta película yo tenía 13 años. Así que no contaré la saga de mi afición a Tarkovsky, Sokurov o von Trier, ni mis lecturas seleccionadas, ni cuando estuve en la trayectoria de la bala que disparó algún  personaje del arte, la ciencia o la cultura, todo lo que llegó después.

Eran mis 13 años y  los '70s, el Bárbaro y los maníes, la Galería del Este, el flower power, los ecos de Woodstock, de la isla de Wight.

Tengo un amigo que detesta a Zeffirelli. Lo detesta con su mirada de adulto. Incluso encuentra argumentos con los que yo podría coincidir.

Pero a los 13 años los argumentos no importan. Lo que importa son las relaciones misteriosas que uno establece con el mundo.

El cine fue mi mundo antes de aprender a hablar. Mi madre, que era aficionada a ver cine, me llevaba cargando en sus brazos cada vez que iba a ver una película. El escenario de la alimentación de un bebé en una gran sala oscura, con una pantalla inmensa y sonido amplificado, lograba fusionar el cálido pasaje de la leche con un placer inusitado que se transformó en una marca. Por eso para mí, aún hoy, una sala de cine debe parecerse lo más posible a un lugar donde se celebra un culto que excede la comprensión inmediata. Por eso, también, es que raramente aparezco por una sala. Malos tiempos para las ceremonias.

De las muchas y muy buenas películas que debo haber visto en estado de infans, sólo recuerdo escenas de tres: Los cañones de Navarone de J. Lee Thompson (a los 3 años) y Una mujer en la Arena de Hiroshi Teshigahara (a los 7). Mi madre no recordaba haber visto la película japonesa pero yo sí. Revisitada años después, la transformé en una de mis predilectas del cine nipón. La tercera, un film de Torre Nilson: La Terraza (a los 5 años). La memoria tiene un funcionamiento curioso. La mía es, en parte, casi fotográfica: las dos escenas que me llevé puestas, vistas muchos años después, parecían, por su fidelidad, un registro exacto de lo que acontece en la película. Por muchos años creí que alguien a quien no podía identificar, me había puesto en la misma situación en que pone el personaje de Leonardo Favio a la niña protagonista: suspendida del lado de afuera de un balcón. Desarrollé algo que aún me dura: un increíble placer por las "visiones de altura", por los lugares escarpados, las sendas angostas de montaña, las terrazas, los puestos de observación solitarios y con viento fuerte a muchos metros del suelo.

Pero estaba hablando de mi 13 y de una película de la que pueden mofarse y decir que es cursi, no históricamente exacta, lírica, simple y sospechosamente ingenua. Incluso pueden mostrarme todos los argumentos que la hacen, para ustedes, prescindible.

El asunto es que a los 13, mis 13, donde la gente se iba a Katmandú, todo eso no importa. No importan los argumentos de los adultos. Es una edad en la que se hacen promesas que a veces se cumplen, aunque uno sepa, luego, que el montaje lo es todo, que esa ciudad medieval se reparte entre Umbria, San Giminiano, Nápoles, que hay lavandas en otros campos que no son los de Assisi y que Zeffirelli puede ser el director que, a los 13, mejor te ha interpretado.

En ese punto, sigo siendo aquella chica. Y la que vino a los 15 y fue compañera y cómplice de Kaspar Hauser. De mí no se podrá decir que no he sido fiel a mis sueños y a mis devociones.

Cada día vuelvo a correr así. Con música de Donovan, que es la BSO que muchos años después, cuando estuve ahí, todavía seguía sonando en los campos de lavanda de Vallonica, Umbria, Italia.




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